Anoche caminé entre miles de antorchas encendidas, cantando el Ave María en varios idiomas, hasta llegar ante las basílicas iluminadas de Lourdes. Es una imagen que no se olvida: la Basílica de la Inmaculada Concepción, neogótica, elevándose sobre la Basílica del Rosario, y bajo tierra, la inmensa basílica subterránea de San Pío X, construida para el centenario de las apariciones. En el corazón de todo, la Gruta de Massabielle, humilde y silenciosa.
En la basílica subterránea me detuve ante un vitral de gemmail de René Margotton: Bernadette arrodillada en oración, la Virgen sobre ella, el pueblo y los sacerdotes alrededor. Esa niña de 14 años que en 1858 dijo haber visto 18 veces a la Señora en esta gruta cambió la historia de este rincón de los Pirineos.
Pero lo que más me conmovió de Lourdes no son sus piedras, sino sus curaciones. Desde que brotó el manantial en 1858, miles de enfermos han llegado aquí buscando alivio. La Iglesia no acepta cualquier relato: un bureau médico investiga cada caso con rigor científico —diagnóstico confirmado, enfermedad incurable, curación inmediata, completa y definitiva— y solo entonces se reconoce el milagro. Ya van 72 curaciones reconocidas oficialmente.
Visité la sede de ese Bureau des Constatations Médicales: su sala de espera, sobria y silenciosa, donde los médicos reciben a quienes declaran una curación. Entre sus vitrinas históricas se exhibe hasta un diploma de miembro del Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra, fechado en 1870, con su escudo, su sello y su lema en latín: “Quae prosunt omnibus artes“, las artes que benefician a todos. La medicina, aquí, examina el misterio con seriedad desde el siglo XIX.
Entre los casos más famosos están los primeros: Catherine Latapie, que recuperó el movimiento de su brazo paralizado en marzo de 1858, y Louis Bouriette, ciego de un ojo durante 20 años, que recobró la vista. Y el de Pierre De Rudder, belga, a quien en 1867 un árbol le destrozó la pierna izquierda; ocho años después, en 1875, peregrinó a una réplica de la Gruta de Lourdes en Oostakker y volvió a casa sin muletas: los huesos se habían soldado en minutos. Exhumados 23 años después, mostraron la fractura sanada; el milagro se reconoció en 1908, y las réplicas de sus huesos se exhiben en el Bureau médico.
Décadas después, Vittorio Micheli, un joven italiano con un osteosarcoma que le destruía la pelvis, volvió a caminar: las radiografías mostraron la regeneración de sus huesos.
Y hay dos historias que me llegaron al alma. La hermana Bernadette Moriau —¡se llama Bernadette, como la vidente!—, religiosa francesa que no podía caminar por un síndrome de la cola de caballo desde los años sesenta, peregrinó a Lourdes en 2008 sin pedir la curación, solo “la conversión del corazón”. Días después sintió un calor por todo el cuerpo y volvió a andar. Es el milagro número 70, reconocido en 2018.
El más reciente, el número 72, es el de Antonia Raco, italiana diagnosticada con esclerosis lateral primaria, una enfermedad neurodegenerativa incurable. Llegó a Lourdes en silla de ruedas en 2009; en los baños escuchó una voz que le dijo tres veces: “¡No tengas miedo!”. Se levantó y camina desde entonces. Tras 16 años de investigaciones médicas, la Iglesia reconoció su curación en 2025. Hoy Antonia vuelve cada año como voluntaria, ayudando a los enfermos como un día la ayudaron a ella.
Lourdes me enseñó que la fe, cuando abraza al que sufre, también sana. Que la ciencia y el misterio pueden caminar juntos, y que la esperanza —esa antorcha encendida en la noche— nunca se apaga.
Dr. Aritmedes Restituyo
Fotografías del autor.








